El sonido de la sirena nos lleva siempre a pensar en emergencias, pero esta vez, el rescate que nuestros bomberos protagonizaron no se limitó a apagar llamas o asistir a heridos. Fue algo más profundo. Todo comenzó con una llamada para atender a Rosita, una mujer de 83 años que había sido mordida por un perro en su barrio. Al llegar, la encontraron sola, lastimada, y con una expresión de tristeza que nos
Mientras la asistían, entre palabras tímidas y agradecimientos, Rosita dejó caer un dato que hizo detenerse a todos: era su cumpleaños. A sus 83 años, nadie la había llamado hasta ese momento , visitado, ni siquiera la había felicitado. Vive sola y su día a día lo pasa recolectando botellas plásticas para sobrevivir. Aquel pequeño grupo de bomberos, con sus trajes y cascos, se miró por un instante y sin decir una palabra, supieron qué hacer.
Decidieron dar un paso más allá. Salieron rápidamente, consiguieron un pastel y regresaron a sorprenderla. En medio de luces y sirenas, celebraron con ella, cantaron y se rieron, como si fueran viejos amigos que se reencontraban. Rosita, con lágrimas en los ojos, sopló las velas como si fuera una niña. En ese instante, no había dolor, ni mordida, ni soledad. Solo un buen momento, lágrimas de felicidad y un buen recuerdo.


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